La economía que resiste: lecciones de la cooperación en un mundo en crisis

    Por:
  • Carlos Lara,
  • Redacción Desde la Fuente,

La economía que resiste: lecciones de la cooperación en un mundo en crisis

Autor Alexander Nova Cruz

El mundo no está atravesando una crisis cualquiera. Lo que estamos presenciando es algo más profundo, más estructural, casi inevitable: un reacomodo del orden económico global. Las tensiones geopolíticas, particularmente en zonas estratégicas como Medio Oriente, han vuelto a colocar al petróleo en el centro de la incertidumbre. Cada fluctuación en su precio ya no es solo un dato técnico; es un recordatorio de lo frágil que puede ser el equilibrio sobre el que descansa la economía mundial.

Pero el petróleo es apenas el inicio de una cadena que se extiende silenciosamente hacia todos los rincones de la vida cotidiana. Cuando sube el combustible, no solo se encarece el transporte. Se encarece la producción, la distribución, la electricidad y, finalmente, los alimentos. Y cuando suben los alimentos, lo que realmente se erosiona no es la economía en abstracto, sino la dignidad concreta de las personas.

En países como la República Dominicana, donde la dependencia de las importaciones energéticas es prácticamente total, estas dinámicas se sienten con una intensidad particular. Cada crisis externa se traduce en presión interna. Cada conflicto lejano termina reflejándose en el precio de la canasta básica. Es un efecto dominó que revela una verdad incómoda: no se trata solo de lo que ocurre fuera, sino de cómo estamos estructurados por dentro.

Durante décadas, el modelo económico dominante ha descansado sobre una lógica de eficiencia global que, en tiempos de estabilidad, parecía incuestionable. Se produce donde es más barato, se financia donde es más rentable, se consume donde es necesario. Sin embargo, ese mismo modelo, altamente interconectado y dependiente, muestra sus debilidades cuando el contexto deja de ser predecible. La globalización, que prometía eficiencia, hoy también expone vulnerabilidad.

En ese escenario, las respuestas tradicionales comienzan a quedarse cortas. Los subsidios, por ejemplo, cumplen una función importante en el corto plazo, pero difícilmente pueden sostenerse indefinidamente ni corregir las causas estructurales del problema. Son, en esencia, un mecanismo de contención, no de transformación.

Y es precisamente en ese punto donde emerge una reflexión que, por mucho tiempo, ha sido subestimada: la necesidad de repensar las estructuras económicas desde una lógica más resiliente, más cercana, más humana. No como un rechazo al mercado, ni como una sustitución del Estado, sino como un equilibrio necesario entre ambos.

En ese equilibrio, el modelo cooperativo adquiere una relevancia particular.

Las cooperativas no son una anomalía del sistema, ni una alternativa marginal. Son, en muchos casos, una de las pocas estructuras económicas diseñadas para funcionar no solo en tiempos de bonanza, sino también en contextos adversos. Su lógica no se basa en maximizar ganancias en el corto plazo, sino en sostener a sus miembros en el largo plazo. Y esa diferencia, que puede parecer sutil, es en realidad profundamente transformadora.

En un contexto de creciente inseguridad alimentaria a nivel global, la capacidad de producir de manera local y organizada deja de ser una ventaja competitiva para convertirse en una cuestión de soberanía. Las cooperativas agrícolas han demostrado, en múltiples países, que es posible articular producción, reducir costos mediante compras colectivas de insumos y acortar las cadenas de distribución. En un mundo donde las rutas comerciales pueden verse interrumpidas por conflictos o decisiones geopolíticas, esta capacidad adquiere un valor estratégico incalculable.

Del mismo modo, en escenarios inflacionarios, el poder de compra individual tiende a diluirse. El consumidor aislado enfrenta precios que no controla y mercados que no negocia. Sin embargo, cuando ese mismo consumidor se organiza, cuando compra de manera colectiva, cuando se integra en estructuras que le permiten acceder a mejores condiciones, la dinámica cambia. No desaparece la inflación, pero sí se reduce su impacto.

Algo similar ocurre en el ámbito financiero. En momentos de incertidumbre, el crédito tradicional tiende a volverse más restrictivo o más costoso. Las cooperativas financieras, en cambio, operan bajo una lógica distinta. No se trata de extraer valor del cliente, sino de generar estabilidad para el socio. Esto se traduce en condiciones más justas, en una relación más cercana y en una mayor capacidad de adaptación frente a contextos adversos.

Pero quizás el aporte más relevante del cooperativismo no es el más evidente. No está únicamente en los números, ni en las tasas, ni en los precios. Está en la capacidad de sostener el tejido social cuando todo lo demás comienza a tensionarse. En momentos de crisis, cuando el mercado se retrae y el Estado se ve limitado, las cooperativas tienden a mantener empleos, a fortalecer vínculos comunitarios y a ofrecer una red de apoyo que va más allá de lo económico.

Los ejemplos internacionales refuerzan esta idea. Experiencias como la de Mondragón en España, o el peso de las cooperativas agrícolas en países como Canadá, Francia o Brasil, evidencian que no se trata de una teoría, sino de una práctica consolidada. Allí donde el cooperativismo ha sido desarrollado con seriedad, la economía ha demostrado una mayor capacidad de resistencia.

Sin embargo, sería ingenuo idealizar el modelo sin reconocer sus desafíos. Las cooperativas, como cualquier estructura, pueden fallar. Pueden ser mal gestionadas, pueden desviarse de sus principios, pueden quedar rezagadas frente a los avances tecnológicos. Su éxito no está garantizado por su naturaleza, sino por la calidad de su gobernanza.

Y es precisamente ahí donde reside el verdadero reto: no en promover más cooperativas, sino en construir mejores cooperativas. Instituciones sólidas, transparentes, modernas, capaces de competir y de innovar sin perder su esencia.

El momento actual obliga a replantear muchas certezas. Durante años, se ha debatido entre más mercado o más Estado, como si se tratara de opciones excluyentes. Pero quizás la respuesta no esté en los extremos, sino en la capacidad de integrar modelos que combinen eficiencia económica con propósito social.

Porque al final, la pregunta no es si el mundo seguirá enfrentando crisis. Eso es inevitable. La verdadera pregunta es si estaremos mejor preparados para afrontarlas.

Y en ese futuro que ya comenzó a tomar forma, la cooperación no aparece como una alternativa romántica, sino como una estrategia racional. Una forma de organizar la economía que no depende exclusivamente de factores externos, sino de la capacidad interna de las personas para asociarse, producir, financiarse y sostenerse mutuamente.

No se trata de resistir la crisis.

Se trata de construir un sistema que no colapse cuando la crisis llegue.

Y en ese sistema, la cooperación no es un complemento.

Es, cada vez más, una necesidad.

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